Lo que Astro Boy, Pluto, la Segunda Guerra Mundial y un oso llamado Roosevelt pueden enseñarnos sobre el poder.
“Speak softly and carry a big stick; you will go far.”
“Habla suavemente y lleva un gran garrote; llegarás lejos.”-Theodore Roosevelt
Theodore Roosevelt es uno de los cuatro presidentes norteamericanos galardonados con el Premio Nobel de la Paz y el primero de todos ellos en recibirlo. Dicho premio lo ganó por mediar el fin de la guerra ruso-japonesa.
Sin embargo, aunque nunca podremos conocer las verdaderas intenciones de Theodore Roosevelt, en geopolítica no hay países amigos, sino países con intereses en común.
(Sin mencionar que su frase no parece la de un pacifista, precisamente).
Roosevelt entendió antes que nadie que Japón debía integrarse al equilibrio de poder, no excluirse de él. Y es que Japón ya era una potencia, capaz de frenar la influencia rusa en Asia.

La guerra ruso-japonesa concluyó con una contundente victoria del País del Sol Naciente sobre el Imperio ruso, convirtiendo a Japón en la primera potencia asiática en derrotar a una europea en la era moderna.
Durante la Batalla de Tsushima, en 1905, la flota japonesa destruyó casi por completo a la flota rusa del Báltico tras un viaje de más de 30,000 km; una de las mayores derrotas navales de la historia, alterando para siempre la percepción mundial sobre el equilibrio de poder.

Japón no era una víctima pasiva, pero, como suele ocurrir en política internacional, el enemigo de mi enemigo es mi amigo.
Resumiendo mucho, por la cordura de este humilde redactor… Durante los años treinta Japón adoptó una política mucho más expansionista: invadió Manchuria, entró en guerra con China y se acercó a Alemania. Un aliado incómodo pasó a convertirse en un problema geopolítico.
Cof, cof… Israel.
¿Cómo pasó Japón de ser el aliado estratégico de Estados Unidos a convertirse en su mayor enemigo en el Pacífico?
Big Stick Diplomacy
La Big Stick Diplomacy sostiene que la mejor guerra es aquella que nunca ocurre porque nadie quiere enfrentarse dados los riesgos potenciales. Una diplomacia que predominaría durante todo el siglo XX y que encontraría su punto más álgido en la Guerra Fría.
El 26.º presidente de los Estados Unidos, ganador del Premio Nobel de la Paz y referente de la Big Stick Diplomacy (una postura ideológica equivalente a fumar contra el cáncer), es un antecedente histórico del inicio de las relaciones entre Estados Unidos y Japón, mismas que llegaron a su peor momento con el ataque a Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941.
Fin de la Segunda Guerra Mundial y el Japón posguerra
El fin de la Segunda Guerra Mundial y la participación de Japón en ella merecen un artículo aparte. Sin embargo, para dar contexto, y por si nunca abriste un libro de historia en tu vida, basta con decir que la guerra culminó con la detonación de las bombas nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki.
En agosto de 1945 Japón estaba prácticamente derrotado:
- Su marina había sido destruida.
- La aviación estaba muy debilitada.
- Sus ciudades sufrían constantes bombardeos incendiarios.
- El bloqueo naval impedía la llegada de alimentos y materias primas.
- La Unión Soviética acababa de incorporarse a la guerra contra Japón, eliminando cualquier esperanza de negociar una paz mediante Moscú.
¿Era necesario lanzar dos bombas atómicas?
Las bombas no fueron lanzadas sobre bases militares aisladas, sino sobre ciudades densamente pobladas y llenas de población civil

La postura oficial estadounidense sostiene que las bombas evitaron una invasión terrestre y, con ello, salvaron millones de vidas (yankees). Otros historiadores consideran que Japón ya estaba derrotado y que la entrada de la Unión Soviética en la guerra fue un factor igual o incluso más decisivo para su rendición.
La ocupación gringa de Japón-pon-pon (1945-1952)
Tras el fin de la guerra y uno de los ataques a población civil más flagrantes y desvergonzados de la historia, Estados Unidos gobernó Japón durante casi siete años bajo el mando del general Douglas MacArthur, quien encabezaba algo llamado Supreme Commander for the Allied Powers (SCAP).
El país de las barras y las estrellas no protagonizó una ocupación pasiva; prácticamente tomó un país derrotado y lo rediseñó desde sus cimientos a su conveniencia.
Por un lado, se estableció una monarquía constitucional, se aprobó el sufragio femenino y se fortalecieron los derechos civiles. En lugar de disolver la monarquía, hicieron que el emperador Hirohito renunciara a su condición divina y se reconociera como un simple humano.
También, crearon el famoso Artículo 9, que prohibió a Japón declarar la guerra y mantener fuerzas armadas ofensivas (aunque décadas después surgirían las Fuerzas de Autodefensa).
Finalmente, invirtieron cantidades ingentes de dinero en la reconstrucción de Japón y lo convirtieron en su principal aliado operativo durante la Guerra de Corea, dejando atrás una derrama económica que deja tonto a cualquier Mundial.

Entre 1955 y 1973 Japón creció cerca de un 10 % anual, una cifra que hoy parece sacada de un simulador económico. En poco más de veinte años pasó de una nación devastada por la guerra a convertirse en la segunda economía del planeta bajo el paraguas del país del águila con alopecia.
¿Por qué una potencia ayuda a crecer a un antiguo enemigo?
De forma casi irónica, la lógica geopolítica seguía siendo la misma que décadas antes había comprendido Theodore Roosevelt: mantener un equilibrio de poder en Asia. Lo único que había cambiado era el rival. Antes era el Imperio ruso; ahora era la Unión Soviética.
Estados Unidos no reconstruyó Japón por altruismo. Lo reconstruyó porque necesitaba un aliado. Y cuando los intereses cambian, también cambian los enemigos.
Más adelante, en 1949, la revolución china también cambia completamente el tablero, Estados Unidos ya no tenía una potencia comunista enfrente; tenía dos y una de ellas tenía cientos de millones de habitantes.
¿Por qué Japón?
Desde tiempos de Theodore Roosevelt, Japón ya era una economía industrial, educada, tecnológicamente competente y con una infraestructura de guerra más que capaz. Los yanquis no tenían que construir una economía de guerra desde cero; solo tenían que cambiarle el cliente preferente.
Astro Boy, el hijo pródigo de la posguerra
Durante su reconstrucción, el paradigma tecnológico de Japón cambió; pasaron de crear armas a automatizar procesos y crear robots. Empresas como Sony, Panasonic, Toshiba, Canon, Toyota y Honda son prueba de ello.
Japón dejó de ser una potencia militar para convertirse en una potencia tecnológica y bajo este contexto nace Astro Boy de la mano de Osamu Tezuka.
Tezuka nació en 1928. Tenía 13 años cuando ocurrió Pearl Harbor, 16 cuando comenzaron los grandes bombardeos y 17 cuando terminó la guerra. No experimentó la guerra a través de los libros sino que vivió en carne propia sus consecuencias.
Tezuka creció en un contexto lleno de ciudades destruidas, hambre, soldados extranjeros caminando por su país y, sin embargo, decidió escribir sobre ética, responsabilidad científica, discriminación y guerra.
Pluto
Exactamente 51 años, 7 meses y 5 días después de la publicación del primer manga de Astro Boy nació Pluto, creado por Naoki Urasawa. Una reinterpretación del arco “The Greatest Robot on Earth” (El robot más grande del mundo) de Astro Boy, publicado entre 1964 y 1965.
Uno de los ejes centrales que mueven los hilos en Pluto es la guerra contra Persia, fabricada con información falsa, manipulación política, fabricación de enemigos e intereses estratégicos.
Urasawa no nace en un Japón reconstruido tras la guerra, sino en un contexto sociopolítico donde el tema imperante es la guerra de Irak, país acusado e invadido por una coalición internacional encabezada por el país de la libertad, bajo la justificación de poseer armas de destrucción masiva (las cuales nunca se encontraron).
Aquí reluce el villano tras bambalinas de Pluto: el Dr. Roosevelt, un oso Teddy que no crea bombas ni pretende detonarlas, pero sí crea las condiciones para que un loco lo haga por él, construyendo un escenario en el cual la guerra parece inevitable.

No sería adecuado ni responsable señalar que el Dr. Roosevelt, a ojos del autor, es una referencia al 26.º presidente de los Estados Unidos de América. Los datos recabados por nuestro equipo de investigadores (yo) no encontraron ninguna fuente primaria o entrevista del autor que confirme la relación.
Tampoco deberíamos señalar que el villano de Pluto es una supercomputadora cuyo avatar es el cuerpo de un oso de peluche llamado Dr. Roosevelt, que cree que los robots son los legítimos sucesores de la humanidad y que fabrica guerras que él no pelea directamente para llegar a su objetivo.
Hace más de 120 años, Roosevelt (el presidente, no el oso) entendió que Japón era un contrapeso importante en Asia y un aliado valioso para los intereses yanquis. Actualmente, Japón está abandonando gradualmente el paradigma pacifista que construyó tras la Segunda Guerra Mundial.
Frente al fortalecimiento militar de China y el programa nuclear de Corea del Norte, en 2026 el gobierno de la primera ministra Sanae Takaichi impulsa un fortalecimiento sin precedentes de las capacidades de defensa y un aumento sostenido del gasto militar en el País del Sol Naciente.
Con el contexto sobre la mesa, la pregunta es tuya: ¿puede fabricarse una guerra?